La llegada a nuestro destino y nuestras primeras impresiones

Llegamos a Cortez en medio de una de las primeras y más fuertes nevadas del año. Obviamente, nosotros no teníamos ni idea de lo que estaba pasando ni de lo que eso significaba. El avión en el que llegamos era una avioneta pequeña, de esas en las que solo caben unas 10 o 15 personas.

Al bajarnos, vimos que había carros para rentar, pero no teníamos idea ni siquiera de dónde estábamos parados, así que definitivamente no era una opción. Buscamos algún bus que nos pudiera llevar, pero no había absolutamente nada. En ese punto llamamos a nuestro empleador y su respuesta fue muy tranquila: “Tomen un shuttle, acá lo solucionamos, no se preocupen por nada.”

Conseguimos el shuttle y le pedimos al conductor que nos llevara a 567 Mountain Village Blvd, Telluride. No teníamos ni idea del lugar al que íbamos a llegar. Iniciamos el recorrido y, después de unos 35 minutos, empezó a nevar muchísimo más fuerte. En la carretera vimos alces, el paisaje parecía sacado de una película y todo era completamente nuevo para nosotros.

En medio del camino, el conductor se detuvo porque una señora estaba atascada en la carretera. Nos pidió disculpas y nos explicó que era muy peligroso dejarla sola, ya que el clima se estaba complicando rápidamente. Después de ayudarla y de que ella pudiera continuar su camino, retomamos el nuestro.

Finalmente llegamos al lugar donde debíamos subir una montaña, porque nuestro destino era una pequeña villa ubicada en la cima. Ahí entramos al hotel de nuestro empleador: el Fairmont Franz Klammer Lodge. Los señores de concierge nos atendieron de inmediato, pagaron el transporte y nos explicaron la situación.

Era sábado, fin de semana largo, y desafortunadamente no podíamos ir aún a nuestro lugar de residencia porque la persona encargada regresaba a trabajar el martes. Eso significaba que debíamos alojarnos dos noches en el hotel, sin ningún costo. Los dos pensamos lo mismo: “Bueno, quién sabe dónde nos van a poner, pero al menos tenemos dónde quedarnos.”

Fue en ese momento cuando nos enteramos de que el Fairmont, en ese entonces, era un hotel de más de cinco estrellas. Nos asignaron una habitación con dos cuartos, baño con jacuzzi y turco, cocina completamente equipada, chimenea, sofá cama, balcón y todo lo que uno pueda imaginar para pasar una temporada larga. Nos entregaron la llave y simplemente nos dijeron: “En dos días inician trabajo. Tómense estos días para adaptarse y conocer el lugar.”

Ahí estábamos: recién llegados, sin entender muy bien dónde nos encontrábamos, rodeados de nieve, montañas y silencio… y sin saber que esa experiencia sería solo el comienzo de un camino que nos cambiaría la vida por completo.

Esa misma tarde, el concierge del hotel nos dio varias ideas de qué podíamos hacer durante esos dos días libres. Nos explicó que Telluride está ubicado a 2.667 metros sobre el nivel del mar, una altura muy similar a la de Bogotá. Gracias a eso, no tuvimos jet lag ni problemas de adaptación por la altura, algo que en ese momento no sabíamos, pero que sin duda fue una ventaja.

Para ir de Mountain Village al pueblo de Telluride había dos opciones: bajar en carro por la parte trasera de la montaña o tomar la góndola, un teleférico completamente gratuito que conecta ambos puntos y es, sin duda, la forma más rápida y bonita de hacerlo. No lo pensamos dos veces.

El recorrido en góndola fue una experiencia increíble. El pueblo estaba cubierto de nieve y parecía sacado de una película o de esos pueblos que uno ve en las vitrinas de cerámica en Navidad. Era nuestra primera vez viendo nevar y todo nos parecía mágico. A pesar de la nieve, no sentíamos un frío extremo, algo que también nos sorprendió.

Fuimos a comer a un lugar llamado Smuggler’s Brewpub, que curiosamente todavía existe hoy, más de 23 años después. Pedimos cheeseburgers y chocolate caliente, y fue ahí, sentados tranquilos, observando el pueblo y la nieve, cuando nos dimos cuenta de algo muy importante: la ropa que habíamos llevado no era la adecuada para el clima.

Ese fue apenas el primer pequeño aviso de todo lo que aún nos faltaba por aprender.

Ese primer recorrido por Telluride nos dejó con la sensación de estar viviendo algo único. Todo era nuevo: la nieve, el pueblo, la calma, la montaña. Nos sentíamos tranquilos, emocionados y agradecidos por cómo se estaban dando las cosas, aunque ya empezábamos a notar que todavía nos faltaba mucho por aprender, incluso en cosas tan básicas como la ropa adecuada para el clima.

Sin saberlo, esos pequeños detalles serían parte fundamental de nuestra adaptación y de los aprendizajes que estaban por venir.

En el siguiente artículo te contamos cómo resolvimos el tema de la ropa para la nieve, cómo fue prepararnos para la temporada de ski y cómo iniciamos nuestro primer trabajo, dando oficialmente comienzo a esta nueva etapa lejos de casa.

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