Todo empezó gracias a un amigo que quería viajar a Estados Unidos a través de un programa de Work and Travel. Él fue quien empezó a insistirnos para que nos animáramos y quien finalmente nos pasó el contacto de la agencia con la que pensaba viajar.
Curiosamente, aunque todo nació por esa invitación, nuestro amigo nunca terminó haciendo el viaje, y al final fuimos solo nosotros dos quienes decidimos lanzarnos a la aventura.
En ese momento, mi esposo y yo estábamos terminando la universidad. Aún no estábamos casados, pero seguíamos siendo estudiantes, así que cumplíamos con los requisitos del programa. Decidimos ir a la agencia para averiguar costos, condiciones y beneficios, y lo que escuchamos nos sonó perfecto: mejorar nuestro nivel de inglés, ganar dinero, conocer otro país y viajar por Estados Unidos. Todo parecía una ventaja.
Además, era la primera vez que salíamos del país. Vimos esta experiencia no solo como un viaje, sino como una oportunidad para probarnos como pareja, ya que viviríamos juntos durante seis meses. Pensamos que sería una buena forma de saber si realmente funcionábamos compartiendo la vida lejos de casa.
Hablamos con nuestros padres, porque al ser estudiantes necesitábamos apoyo económico para poder viajar. Les expusimos nuestras opciones y, aunque era un paso grande, ellos entendieron que esta experiencia podía cambiar nuestra forma de ver el mundo y abrirnos muchas puertas. Con su apoyo, decidimos seguir adelante.
Volvimos a la agencia y tuvimos que elegir entre dos destinos. Uno era cerca de Nueva York y el otro era un resort de esquí en Colorado. En el resort les gustó nuestro perfil y nos llamaron a entrevista. Mencionamos que éramos pareja y eso jugó a nuestro favor: nos acomodaron juntos y con un arriendo más económico.
Así comenzó oficialmente la aventura. Reunimos toda la documentación, aplicamos a la visa de Work and Travel y compramos los tiquetes. No logramos comprar el vuelo interno de Denver a Telluride, solo hicimos una reserva. Alistamos nuestras maletas con lo más abrigado que teníamos: sacos de lana, guantes, medias… sin comprar ropa de invierno adicional, convencidos de que en Estados Unidos conseguiríamos todo lo necesario.

Llegó el día del viaje. En el aeropuerto nos embarcamos sin imaginarnos que ese momento cambiaría nuestras vidas. Pasamos migración en Bogotá y volamos Bogotá–Miami–Denver.
Al llegar a Denver fuimos a pagar nuestro tiquete a Telluride y ahí nos llevamos el primer golpe de realidad: los vuelos solo salían dos veces por semana y nuestra reserva simplemente no existía. No sabíamos qué hacer. Intentamos comunicarnos con la agencia de viajes con la que habíamos hecho todo el proceso, pero no obtuvimos respuesta.
Aun así, nunca sentimos miedo. Solo pensábamos en buscar soluciones. Era sábado y nada parecía funcionar. Volvimos a hablar con la señora del counter, con la esperanza de que nos pudiera ayudar, y ella, sin pensarlo dos veces, nos dijo que sí.
Nos explicó que tenía un código de descuento para comprar un vuelo más económico, pero no a Telluride sino a Cortez, un poco más lejos. Desde allí podríamos llamar al lugar donde íbamos a trabajar o tomar un shuttle. Al menos estaríamos mucho más cerca de nuestro destino.
Aceptamos su propuesta sin dudarlo y le agradecimos infinitamente. Ángeles en el camino, de esos que aparecen justo cuando más los necesitas.
Era finales de noviembre y ya había empezado a nevar. Desde el avión, las Rocky Mountains estaban completamente cubiertas de nieve. El paisaje era imponente, hermoso… y en ese momento sentimos que, pasara lo que pasara, habíamos tomado la decisión correcta.
En ese momento, todo nos parecía una aventura. No sabíamos que ese viaje no solo sería una experiencia temporal, sino el comienzo de un camino mucho más largo de lo que imaginábamos.
En el próximo artículo te contamos cómo fueron nuestros primeros días reales en Estados Unidos, lo que creíamos que iba a pasar… y lo que en realidad pasó cuando aterrizamos en un país completamente desconocido.
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